POSTRES


Dicen que sin un buen postre no hay una comida perfecta. Tal afirmación es válida tanto desde el punto de vista gastronómico como desde el dietético, pues aparte del gusto que el postre implica, es necesario por la contribución del azúcar a una buena digestión.

 Ya que es el azúcar el elemento clave de los postres, no es gratuito advertir sobre las consecuencias de un consumo inmoderado del azúcar refinado, lo cual favorece el desarrollo de caries dentales y predispone a la obesidad con todas las implicaciones que ésta entraña. Por ello, hay que preferir el azúcar natural de las frutas y la miel.

 Las frutas son un rico, variado, sano y completo postre. Pero, además de consumirse en su forma natural, son la materia prima adecuada para otros postres de fácil elaboración.

 En el campo de los postres, el dulce mexicano ocupa un ligar destacado y representa toda una tradición consolidada desde la Colonia, sobre todo en los conventos de Morelia y Puebla.
El mismo chocolate, golosina exquisita que México dio al mundo, habla de un pueblo que sabe apreciar el dulce.

 Chocolates, turrón, alfajor, mazapán, cocada, camotes poblanos, alegrías, muéganos, natilla, jericaya, cajeta de Celaya, arroz con leche, chongos zamoranos, chiclosos, palanquetas, jamoncillo, charamuscas.... exponentes todos de un fantástico arte popular que halaga la vista al tiempo que endulza el gusto.

 Ya que el postre es el complemento de todo buen menú, es importante la elección del mismo para que sea armónico. Por ello, si ofrecemos platos muy complejos o de lenta digestión elegiremos un postre sencillo. En cambio, un menú ligero acepta oportunamente un postre sustancioso, cremoso y elaborado.